miércoles, 6 de agosto de 2008

Dos días para descubrir Helsinki

La capital finlandesa es la segunda excursión con pernocta que nos planteamos realizar al llegar a Tampere. Cogimos hotel para una noche y madrugamos el lunes para llegar a buena hora. Tras darle vueltas, finalmente descartamos ir en coche ya que el párking casi nos salía más caro que el hotel. Además, para movernos por Helsinki el coche era innecesario. Conclusión: bus de casa a la estación y un tren que en dos horas nos dejó en el centro de la capital. De paso, hemos conocido los servicios públicos de transporte, un dato siempre importante. A Helsinki llega mucha gente en los inmensos cruceros y ferrys que recorren el Báltico.
Como nos ocurre desde que llegamos, no hemos encontrado masificaciones en ningún sitio, la puntualidad es la norma y la calidad en los servicios, decente pero sin apabullar. Había casi animación en nuestro barrio periférico a las seis y pico de la mañana y también en la estación, pero ni una cola. El tren, por lo demás, muy incómodo el de la ida y mucho mejor el de regreso.
La estación de Helsinki es chula y figura en las guías como un edificio notable, pero quizás nos llamó más la atención el "ravintola", restaurante en una de sus alas, enorme, muy de época pero que incluía un casino en miniatura con ruleta y todo. Tras acercarnos al hotel a dejar las mochilas dedicamos la jornada a callejear, y lo hicimos a conciencia aunque, la verdad es que las cosas más interesantes están todas cerca. Recorrimos la zona más céntrica plano en mano hasta cansarnos, y pudimos ver entre otras cosas las dos catedrales, la ortodoxa y la luterana. Aunque relativamente próximas, la diferencia de estilo es evidente. En la primera, que se ve en la foto anterior, pudimos entrar pero en la segunda nos cerraron la puerta en las narices pues era un rato al parecer dedicado a la oración. En cualquier caso el interior, que atisbamos por los cristales, no tenía el mínimo interés.Nos encantó la biblioteca nacional, que pudimos recorrer a nuestro antojo y donde almacenan dos millones de libros. Una maravilla... donde no se pueden hacer fotos. Dado el tamaño de Helsinki, cada poco nos encontrábamos con un ministerio o una embajada. De la ciudad en su conjunto puede decirse que es relativamente pequeña, acogedora y asequible. En otras palabras, no es París ni Londres ni siquiera Madrid. Sin embargo, nos resultó un lugar agradable, con amplias avenidas, abundancia de zonas verdes (el 30% de su superficie) y tranquilidad. Algunos edificios y detalles nos llamaron la atención.
Para el segundo día dejamos la visita a la Temppeliaukion Kirkko, una iglesia que nos recomendaron calurosamente nuestros intercambiados. Pese a que se trata de un templo reciente (1969) podemos garantizar que las fotos no le hacen justicia. Esta construida en una pequeña colina pero sus autores en lugar de hacerlo encima excavaron en un suelo granítico; resultado, la mitad de la pared es roca y la otra mitad piedra del mismo lugar. El techo, que se ve en la foto, es una estructura circular confeccionada con un grueso hilo de cobre (23 kilómetros dice la guía) y conectado a la pared por un vidrio translúcido, lo que permite una agradable iluminación natural. El conjunto es admirable e impresiona, por lo que no teníamos ganas de levantarnos de los bancos de abedul en los que escuchamos un buen rato a la pianista que entretenía a los numerosos visitantes.
Después nos dirigimos al antiguo complejo militar de Suomenlinna, construido por los suecos a partir de 1748 y completado por los rusos después de 1808 en la bahía de Helsinki.Tras la independencia fue cuartel finlandés aunque ahora ha perdido su función militar. Es un complejo de seis islas unidas por puentes y situado en la bahía de Helsinki y se llega en ferrys que salen cada quince minutos. Es también patrimonio de la humanidad, como Rauma, pero no es que abunden en Finlandia. En total solo hay siete, de los que hemos estado en dos.
Estuvimos un par de horas dando vueltas, haciendo un recorrido que figura en los planos, visitando uno de sus seis museos, donde hasta había información en español, tiendas de recuerdos y demás. En una de las islas un camino perimetral te permitía ir recorriendo antiguos búnkeres costeros dotados de cañones y en todos los lugares te imaginabas lo que debió ser un recinto militar lleno de vida y con miles de soldados. Otras zonas estaban en obras recuperando el antiguo empedrado. Por lo demás, la visita es gratuita salvo el viaje. Tuvimos suerte de que no llovió aunque la temperatura no era muy alta y, éso sí, hacía bastante viento.
En Helsinki también tuvimos tiempo para los centros comerciales y las galerías, que hay unos cuantos. Muchas de estas últimas se encuentran en edificios que en tiempos tenían otro destino y a los que han cubierto de manera acertada con una cúpula translúcida; suponemos que en el largo invierno finlandés es algo del máximo interés.
En la zona dedicada a la sauna de unos almacenes habían colocado una imagen para que el interesado se haga la foto en traje de faena. Ana, que lo de la sauna no parece que sea lo suyo, no se resistió a retratarse.
También estuvimos en el mercado tradicional, muy similar al de Tampere y a otros que hemos visitado.
Cerca de un restaurante catalán mantienen una extraña cabina ante la que Juanma decidió hacerse una foto.
A destacar igualmente el Parlamento, un mazacote de reminiscencias soviéticas, como otros muchos de una ciudad que era parte de Rusia hasta 1918. No llegamos a entrar ya que la visita excluía la sala plenaria principal, y pensamos que entonces no merecía la pena.
Por otro lado, estuvimos en un restaurante cerca del puerto lleno hasta rebosar de finlandeses y, afortunadamente, con carta en español. Cenamos bien pero no les quedaba asado de reno y, finalmente, hemos concluído que lo de la cocina finlandesa está por ver....y demostrar.

sábado, 2 de agosto de 2008

Rauma, regreso al pasado

Vista la juventud de las ciudades de Finlandia y la relativa proximidad de Rauma, decidimos dedicarle una jornada. Su principal atractivo es un casco antiguo integrado por casi una treintena de manzanas que ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Pese a estas credenciales no las teníamos todas consigo; la propia guía que mantejamos, Guía Total, de Anaya, no se tomaba el tema muy en serio. Textualmente, advertía que "que sea la ciudad más antigua de Finlandia después de Turku y Porvoo no significa mucho...". Sobre el terreno comprobamos que con amigos como este sobran enemigos ya que, realmente, la guía no estaba haciendo justicia a la realidad.
Rauma nos encantó y sin la menor duda es la inmersión en el pasado más interesante que hemos visto en lo que se refiere a ciudades. La relativa amplitud de su casco histórico (28 hectáreas), el cuidado con que se conservan estas casas de madera con varios siglos a sus espaldas y el mantenimiento del aire marinero de los siglo XVII y XVIII convierten en un placer pasear por sus calles. Por lo demás, está plagada de comercios y todavía la habitan unas 600 personas, lo que evita que tenga el aire de un museo. Bastantes calles tienen este empedrado magnífico que procuran conservar.
Pese a ser sábado Rauma tenía ayer mucha vida y algunos turistas, nunca demasiados, la callejeaban. En el antiguo ayuntamiento nos facilitaron un plano y seguimos una ruta que proponían de manera ajustada. Empezamos en la iglesia de la Holy Cross, imponente, donde coincidimos con una boda. Recorrimos después sus calles empedradas y conociendo algunas de las casas más importantes de lo que fue una ciudad pujante.
Pasadas las dos de la tarde la vida se desinfló con celeridad. A esa hora cerraron tiendas y comercios y la gente desapareció como por ensalmo. Menos mal que, cuidadosos nosotros, poco antes habíamos descubierto en un patio interior un puesto callejero de luxe, dotado de una pequeña carpa con sillas y mesas. Allí servían café y unos bollos que fabricaban a la vista, una especie de buñuelos rellenos de crema, pecaminosos, sin duda, pero muy ricos.De regreso para Tampere decidimos pasar por Pori, pero desde el coche comprobamos que no tenía el menor interés y no llegamos ni a bajarnos. Sin embargo, la decisión fue acertada. Antes de Pori nos metimos por unos caminos rurales para llegarnos hasta el mar Báltico, ya que la carretera discurre cerca pero por el interior. En Sarkas finalmente logramos el objetivo y dimos unas vueltas por auténticas corredoiras; estaba lleno de casetas de vacaciones de todos los estilos. Como aquí nada está vallado curioseamos algunas, unas cabañitas con anexos para la sauna, precisamente donde aparece Juanma. La tranquilidad, la soledad y el silencio, casi absolutos. Nos da la impresión de que para los finlandeses son cosas fundamentales. Esta cabaña era poco más que un salón con un sofa cama y la cocina y el baño más la terracita y la sauna anexa.

Después de Pori nos aguardaba otra sorpresa. De Tampere a Rauma hicimos los 150 kilómetros por una carretera de las de aquí: normalita, con un carril en cada sentido, y limitación de velocidad entre 80 y 100, salvo en los cruces, que baja a 60, y cada pocos kilómetros el aviso de un radar que siempre aparece (los colocan bien visibles). Sin saber por qué, desde Pori la velocidad autorizada en una vía similar era casi siempre 100 y no había ni un aviso de radar (si no hay carteles, tampoco radares). El resultado fue una mayor comodidad pues tratamos de ajustar la velocidad a lo permitido. No queremos que una vez en Vigo nuestros intercambiadores reciban unas multas de las que en última instancia tendríamos que hacernos cargo. A veces creo que no lo vamos a conseguir cuando sin darme cuenta de improviso me observa amenazador uno de los "putos" radares.
El viernes también visitamos el museo de la antigua factoría textil Finlaison, en pleno centro de Tampere, de la que ya os dijimos que se había reconvertido en locales de ocio, cines, tiendas, etcétera, y en la que existen varios museos. Optamos por el de su propia historia y no nos defraudó. Desde su creación en 1820 fue un auténtico imperio, llegando a los 5.000 empleados en 1970, poco antes de desaparecer de esta ubicación, ya que sigue funcionando no sé donde pero con mucho menos personal. En la imagen se puede hacer uno una idea de su volumen con las ruedas de la máquina de vapor. Además, tiene varias salas dedicadas a la exposiciones temporales. Una era de arte moderno, en la que Juanma hizo el payaso con una figura de tres piernas y brazos, a la que le prestó los suyos.

El mismo día nos acercamos a Idea Park, un megacentro comercial a 12 kilómetros de Tampere del que nadie, incluidos los Ahonen, nos había hablado. Ana lo descubrió en un blog de estudiantes Erasmus y hasta allí fuimos. Es enorme y está francamente bien pese a tratarse de un centro al uso muy apropiado para tener una sensación de "calle" en pleno invierno. Una de sus novedades es la existencia de una especie de un amplio taller de Lego para niños donde los más pequeños montan figuras de gran tamaño, como lo prueba la figura con la que se fotografió Ana. Trabajan entusiamados y mientras, los respectivos papás, pueden visitar las tiendas sin agobios. Todo sea por los niños... y por el negocio.

viernes, 1 de agosto de 2008

Del Pyhätunturi a la ciudad de Alvar Aalto (Laponia y II)

Antes de iniciar el descenso desde Laponia hacia la zona de los lagos, algo siempre relativo en Finlandia donde, en realidad, todo el territorio está horadado de lagos, hicimos un desvío de unos 50 kilómetros para acercarnos al Pyhäntunturi, una altura de poco más de 500 metros. Lo que no sería sino un montecito en otros sitios, aquí es casi una cumbre; de hecho, es la mayor que hemos visto hasta ahora y la han aprovechado para hacer una estación e esqui ya que nieve, desde luego, no les falta. Está todavía dentro del Círculo Polar y fuera de las rutas habituales, por lo que el único tráfico es el que generan visitantes y veraneantes ya que prácticamente no hay pueblos. Por este lugar abundan las cabañas de alquiler y los apartamentos donde están familias de vacaciones. De los dos telesillas que funcionan en invierno para la práctica del esquí sólo uno estaba en activo, pero fue suficiente. Subimos arriba provistos de jerseys y, pese al buen tiempo, fue lo acertado. Corría un airecillo de montaña que, sin embargo, no nos impidió disfrutar de la vista de un paisaje casi eterno: una llanura inmensa repleta de bosques donde lo único que rompe la monotonía son los inevitables lagos. Este es el inmenso territorio de los "sami", los esquimales de esta zona. Las fotos dan una idea, pero en este caso se quedan cortos al lado de ojo humano. Después de esta visita nos tocó sortear numerosos renos que aparecían a cada momento en la carretera. Éso sí, ellos a lo suyo, tan tranquilitos, sin correr ni apartarse. Así que tocaba pararse y esperar a que los señoritos tuvieran a bien hacerse a un lado al cabo de un rato. Hicimos un alto en Rukka, otra estación de esqui, y paramos a cenar en Kajaani en un restaurante de la plaza principal que tenía un bonito ayuntamiento de madera sin ver otro restaurante español (llamado "El Torero") que estaba justo donde aparcamos el coche. No nos apetecia pero tenía la ventaja de que la carta la ponían también en español y en los demás tenemos que investigar.
El miércoles, dedicamos parte de la jornada a dar una vuelta por Jyväskyla, localidad natal de Alvar Aalto (1898-1976), maestro de la arquitectura finlandesa y europea, amigo de Le Corbusier, Calder y demás. La ciudad es una más en la línea de lo que son en este país, pero tras algún esfuerzo localizamos el museo donde se revisa su vida y obra. Fue muy interesante comprobar la inteligencia y la anticipación de una persona que en su momento rompió moldes, y que además de la arquitectura dejó huella en el campo del diseñ0 y que mostró una especial preocupación por la iluminación de los edificios que creó buscando la luz, lo cual en el largo invierno finlandés tiene su mérito. Tenía una visión integral de sus obras y por éso diseñaba también en ocasiones el mobiliario de las mismas. Una idea ya teníamos pues el lunes habíamos parado en Seinajöki, una ciudad media donde Aalto construyó un complejo que incluye una iglesia (en las fotos, aspecto exterior y su interior realmente luminoso), pero también varios edificios civiles.
El interior, muy sencillo, tenía como único detalle ornamental las lámparas colgantes en fila a los dos lados de los bancos. Por lo demás, el protagonismo se lo lleva una cruz de madera sin Cristo y, sobre todo la luz y el blanco de las paredes. Se trata de un templo de la iglesia luterana finlandesa.
En concreto, una biblioteca, un teatro y el edificio del ayuntamiento. En la siguiente imagen un aspecto del curioso jardín en terrazas que rodea la casa consistorial por uno de sus laterales por lo que luego pudimos comprobar bastante habitual en las obras de Aalto.
El museo que recrea su obra fue diseñado por él mismo al igual que el campus universitario en el que se encuentra y también un museo vecino sobre la historia de la región central de Finlandia. Es muy curiosa una panoplia con el esquema de las sillas inventadas por Aalto; hoy nos parecen casi corrientes, pero datan muchas de ellas de las décadas de los años veinte y treinta, cuando con seguridad eran rompedoras.
Puede llamar la atención la existencia de tanto museo, pero aquí los encontramos por todas las esquinas. En Tampere existen nada menos que 38 y en cada pueblo que atravesamos siempre vemos la señal que los identifica.
El día anterior, en Kemijärvi, todavía en el Círculo Polar, localizamos uno dedicado a la vida tradicional rural entre finales del XIX y la actualidad; era poco menos que un museo casero obra de una familia que poco a poco ha reunido numerosas piezas. En la foto se ve a Juanma saliendo de lo que era el almacén de la leña y aparte mostraban (al módico precio de 2 euros) varios edificios tradicionales con los aperos de labranza y pesca y una vivienda con su mobiliario.
Dejamos para el final la visita a Kuopio, ciudad donde hicimos noche . Llegamos al hotel casi a la una de la mañana porque no fue fácil de localizar, aunque todavía no era noche total. Lo más impactante de esta urbe es la torre construida en la colina del Puijonmäki, de sólo 235 metros pero sin duda muchos más que la ciudad.
Esta foto nos la hizo un chaval en la terraza de la torre, cuyo ascensor evitamos para ir bajando el desayuno. Hacía bastante viento.
Desde lo alto de la torre, de 75 metros, hay una panorámica espectacular de la comarca. Los lagos en este caso están plagados de islitas y creo que no es necesario añadir nada a las fotografías.
Por lo demás, Kuopio es una ciudad animada, como todas con parques muy agradables, y que cuenta con una universidad que le da vida. La recorrimos con calma, visitamos hasta el interior de su ayuntamiento, un edificio de algo más de un siglo, y llegamos hasta el área portuaria donde estaba este restaurante.Sin embargo, una cosa sorprendente del viaje y la imagen más espectacular nos la encontramos de sopetón todavía en Laponia circulando por la carretera. Quedamos tan sorprendidos que dimos vuelta al coche para ver con calma el espectáculo que ofrecen al viajero cientos de muñecos (en realidad hechos con escobas y prendas de ropa) colocados en un campo. Sin comentarios.

jueves, 31 de julio de 2008

A la búsqueda de Santa Claus (Laponia I)

Venir a Finlandia tres semanitas y olvidarse de Santa Claus sería un desdoro. Eso pensamos nosotros, por lo que decidimos visitar sus dominios y así evitar que se tomara la venganza de no traernos nada por Navidad. Para ello nos montamos una excursioncita al norte del país a fin de visitar sus dominios, o sea Laponia (Lappi en finés). Contando con coche la cosa es sencilla, aunque es preciso hacer unos pocos kilómetros y aquí no han destinado, como nosotros, los fondos europeos a la construcción de infraestructuras. Así, el lunes pasado salíamos con la fresca para hacer de una tacada Tampere-Rovaniemi, la capital de Laponia, ciudad situada a unos kilómetros de la línea del Círculo Polar Ártico. Este fue, más o menos, el mapa de nuestro recorrido
Como prueba de que estamos en una zona del planeta donde en verano el día es eterno y, dicen, en invierno ocurre lo mismo con la noche, a las 7:30 el sol estaba en Tampere muy alto y por la noche, casi a las 22:00, en Rovaniemi parecía media tarde. Los Ahonen nos habían preparado una ruta de casi 2.000 kilómetros que nos planteamos realizar en tres días, pero no calculamos bien. La completamos casi en su totalidad, pero nos hubiera hecho falta un día más para hacerla con mayor tranquilidad. Qué se le va a hacer, cosas del directo. Menos mal que los días son muy largos y el esfuerzo mereció la pena.
Enfilamos la carretera en dirección a Pietarsaari, en la costa del Golfo de Botnia, para seguir subiendo junto al litoral hasta Kemi, a unos pocos kilómetros de la frontera con Suecia, y desde allí dirigirnos a Rovaniemi. Hicimos una paradita en uno de los lagos que nos topamos por aquello de estirar las piernas y tomar un cafecito. Lo primero fue posible y caminamos por una pasarela de madera que comunica dos zonas de este lago y donde una pareja de lugareños se dedicaba a la pesca. El café quedó para otro momento; el bar-restaurante de carretera abría a las 10:00 (??) y faltaban veinte minutos. Decidimos seguir la ruta y paramos un rato en Seinajoki con el objetivo de ver una de las actuaciones (ayuntamiento, iglesia, biblioteca y teatro) más conocidas del arquitecto Alvar Aalto, pero de él contaremos cosas y pondremos fotos en el siguiente capítulo porque tiene mucho interés.
Así que aplazamos el tentempié hasta las dunas de Kalajoki, que nuestros anfitriones nos habían señalado como parada. Llegamos al mediodía y nos dimos un paseo. Es un entorno dunar que a nosotros podía no llamarnos especialmente la atención, pero que con el tipo de costa de aquí sin duda se sale de lo corriente. Hacía mucho viento y no vimos a nadie bañándose pues hacía fresquito (unos 19 grados). Además, cubría tan poco que a cien o doscientos metros de la costa había gente paseando con el agua por los tobillos. Por nuestra parte encontramos un hostal-restaurante donde con una vista magnífica comimos aceptablemente bien. Las casetas de la foto eran las únicas en la inmensa playa y nos llamaron la atención porque estaban como desubicadas, colocadas de manera aleatoria y sin nadie a su alrededor, casi un montaje.
A media tarde la siguiente -y última- parada fue Oulu, ciudad industrial con una pujante universidad donde van muchos Erasmus españoles de carreras técnicas. No teníamos referencias y nos gustó bastante. Este era el edificio del ayuntamiento (en finés "raupugintalo") de finales del XIX, que aquí es mucho, aunque en otras ciudades europeas sería antes de ayerPaseamos por la zonas peatonales del centro, muy animadas, y llegamos hasta el puerto, donde Juanma se hizo una foto con una estatua que, quizás, pretende homenajear a los guardias municipales de aquí y que podría firmar Botero.
Nos gustó la recuperación de la zona porturia, donde una serie de almacenes han sido reconvertidos en locales de ocio y restauración y conviven aparentemente sin problemas con un barrio residencial. Una vez más reconfirmamos que las ciudades finesas no son nada del otro mundo para nuestros criterios dada su juventud, pero pese a ello han sido diseñadas con un respeto al medio ambiente y un ansia por disponer de espacios libres, zonas verdes y rechazo a la masificación que producen envidia. Éso y la contribución de los ciudadanos, ya que ver un plástico tirado o una construcción fuera de tono en una casa es rarísimo.
Esta foto es de una zona totalmente nueva.
Desde aquí enfilamos hasta Kemi y, ya por el interior, la carretera con destino a Rovaniemi. De inmediato se redujo el tráfico y empezamos a notar que había menos pobladores. Las granjas y las viviendas se espaciaban, pero el paisaje seguía siendo el mismo: bosques, lagos y una discretísima presencia del hombre. Varias veces tuvimos que parar por obras que inutilizaban un carril. Otra vez tuvimos que detenernos por una cola de coches mientras bomberos y policías retiraban a un camión que se había salido de la carretera. Es el primer accidente que hemos visto. Por el camino comprobamos que en muchos puntos de las carreteras han colocado marquesinas enxebres para esperar el autobús; suponemos que en invierno serán vitales. A la capital lapona llegamos tarde, pero con la misma luz que si fueran las cuatro de la tarde. Nos costó un poco encontrar el City Hotel que, de todas formas estaba en el centro. Rovaniemi es una ciudad totalmente moderna ya que fue reconstruida después de la segunda guerra mundial igual que le pasó a muchas ciudades finlandesas. Casi todas las casas eran de madera y no sobrevivieron a incendios y bombardeos. Aunque oficialmente ya estábamos fuera del fenómeno del sol de medianoche (que terminó a mediados de julio), a las 12:00 de la noche, después de cenar, el día seguía reinando; ya en la habitación, Ana se levantó a la una y a las tres de la madrugada y en ningún caso había noche, con una luminosidad en el cielo realmente especial y singular. En la foto puede verse como son las noches aquí.
Rovaniemi está en el borde del Círculo Polar Ártico donde durante dos meses al llegar el verano no hay noches y, en paralelo, lo mismo ocurre con el día en el epicentro del invierno. En el mapa puede verse el área concreta al que que afecta.
Y al día siguiente, después de comprobar que en el bufé del desayuno también hay salmón! que, por supuesto, no hay quien pruebe a esas horas de la mañana salvo que seas finlandés o sueco, los recelos de Juanma no fueron suficientes para disuadir a Ana de visitar Santa Claus Village, que todo el mundo se puede imaginar lo que es: no un parque temático, pero casi: souvenires, tiendas y actividades alrededor de la figura de la versión nórdica de los Reyes Magos. Una verdadera horterada repleta de renos de peluche y motivos navideños muy apropiados para el 29 de julio. Éso sí, nos escaqueamos de que nos hicieran la foto con el figurante correspondiente porque ya era demasiado. Un empalago de felicidad.Hicimos la foto de rigor al entrar en el Círculo Polar y por supuesto en el lugar en cuestión, donde coincidimos con una excursión organizada de españoles. Qué raro!. Aprovechamos para que nos hicieran una foto juntos. Ahí se ve que estamos a más de 3800 kilómetros de Madrid.
A la hora de seguir la ruta Juanma (emulando a sus amigos Pepe y Jaime) consideró inevitable darse un baño en un lago antes de salir del Círculo Polar, pero Ana no lo secundó porque consideró que le faltaba un poco de calor, con lo que tuvo que hacerlo en solitario. Hacía sol y 17 grados de temperatura; el agua estaba fresca, pero menos que en Vigo en verano. Una gozada y la foto que lo prueba y que hizo la fedataria oficial, aunque hay más.
La otra novedad del día fueron los renos. Cada poco aparecían carteles en la carretera advirtiendo de su existencia. No los tomamos en serio hasta que el coche que iba delante frenó de improviso: un reno paseaba por la calzada con toda tranquilidad. Le hicimos una foto apresurada creyendo que sería el único, pero a lo largo del día la escena se repitió media docena de veces, tantas que teníamos que conducir pensando también en ellos, y por su color en la distancia no son fáciles de reconocer. Es un animal precioso, con unos cuernos peludos impresionantes. El rebaño de la otra foto lo localizamos en una estación de esquí en el Himalaya finlandés (!540 metros de altura!), al que llegamos poco después, pero esa historia queda para el siguiente capítulo. En un país llano-llano como este, un montecito de ese nivel es todo un obstáculo y una verdadera atracción. Bueno, todavía queda mucho por contar, así que...continuará.